Médico de Cabecera y Santo Sanador

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sábado, 4 de enero de 2025

Sexo y género

Por:

David Figueroa Díaz    


El comienzo de un nuevo año conlleva muchas cosas, entre ellas la continuación de tareas que no pudieron completarse en el año que ha terminado, o emprender otras que habían sido concebidas y planificadas para ser ejecutadas en el ciclo que supone la llegada de un nuevo período.

Y como dice el coro de una vieja canción navideña de una legendaria orquesta venezolana: «Año nuevo, vida nueva».

En el año que acaba de concluir, aunque hubo varias ocasiones en las que, por diversas razones, no me fue posible publicar el acostumbrado artículo sabatino, sentí la satisfacción del deber cumplido, ya que hubo personas a las que les fue muy provechoso este aporte semanal, pues a decir de ellas, han disipado muchas dudas y han adquirido gran soltura en escribir bien y en hablar de mejor manera. ¡Eso me satisface y me motiva a continuar aportando elementos para un mejor uso del idioma español!

Ratifico mi compromiso de mantener este trabajo de divulgación periodística, que solo es y será interrumpido por motivos de fuerza mayor; pero estaré siempre en la mejor disposición de sortear los obstáculos para tratar de no faltar a la cita de los sábados.

Habrá temas nuevos y otros nada nuevo, pues por la persistencia en las impropiedades de lenguaje en los medios de comunicación y en el habla cotidiana, siempre será oportuno volver sobre temas ya tratados, como el de hoy, del que no llevo la cuenta de las veces que lo he abordado. ¡Ahí voy!

Antes, hace ya varios años, creía que la confusión en cuanto al uso inadecuado de los vocablos sexo y género era exclusivo de Venezuela; pero hoy puedo afirmar que no es así, a juzgar por el lenguaje que se emplea en los doblajes al español de producciones de canales estadounidenses para Hispanoamérica.

No sé si aparte de Chile habrá otro país en el que haya empresas que se dedican a hacer ese tipo de trabajo; pero el de Chile está plagado de vicios que, inclusive, se han conquistado en la habla del común de los hablantes de esta parte del mundo. Con esto no quiero decir que el problema haya surgido en ese país sureño; pero es una fuente inagotable de propagación del mal.

Hoy es difícil que en Venezuela y en cualquier otra nación de la América hispana se usen las palabras sexo y género de manera adecuada. Es posible que haya excepciones; pero hasta ahora no han aparecido, por lo menos en lo que he percibido. Ello ocurre porque muchos periodistas, locutores, publicistas, educadores y otros profesionales no se han percatado de que sexo es una categoría biológica, y género, de acuerdo con la definición que aparece en el DLE, es sinónimo de tipo, especie, categoría, variedad. , apartado, etc. Es «grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico».

Si se lee con atención el enunciado anterior, copiado textualmente de la versión electrónica del diccionario mencionado, podrá notar que ambos términos no son sinónimos, y en virtud de lo cual no podrán usarse indistintamente. Puede ser que en inglés u otro idioma, sexo y género sean la misma cosa; pero en español no. Esa diferencia es la que no ha sido captada, y por eso se los usa de manera inadecuada.

Sexo, lo digo otra vez, es una categoría biológica, íntimamente relacionada con los seres vivos; en tanto que género se circunscribe a lo social, a lo cultural o a otro aspecto que no sea el de los seres vivos. Lo que determina si un ser vivo o en cualquier estado es macho o es hembra, es el sexo, no el género. Género tienen las palabras y las cosas inanimadas.

Ahora, ¿por qué algunas personas cuando se refieren a los seres vivos, hablan de género y no de sexo? Hay dos razones: la primera es porque creen que sexo y género son sinónimos. La otra razón, asociada a la anterior, es porque, aun cuando lo tengan claro, evitan hablar de sexo, pues como generalmente se asocia más con el acto carnal que con su categoría biológica, entonces prefieren no pronunciar la palabra mencionada, que se ha vuelto tabú, para evitar críticas y controversias.

Yo prefiero llamar las cosas por su nombre. ¿Y usted?

sábado, 28 de diciembre de 2024

¡Cuando vinistes, estabanos ocupados!

Por

David Figueroa Díaz  


28/12/2024

Si alguien que se haya dedicado por mucho tiempo a la escritura de temas gramaticales y lingüísticos escribiera las palabras vinistes y estabanos, que contiene el título de este artículo, correría el riesgo de que algún lector descuidado o de esos que andan buscando errores en donde no los hay, este (el lector) podría pegar «el grito al cielo», como decimos en Venezuela, o también se sentiría regocijado por el hecho de creer haberle encontrado un gazapo a alguien que por los años que lleva escribiendo del asunto en cuestión, sería impensable tacharle una falta de esa naturaleza; pero si lee todo el contenido, podrá persuadirse de la intención en el uso de las mismas.

En muchas ocasiones, siempre con diferentes enfoques, trató el tema de «vinistes», «comistes», «dijistes», «volvistes»; «estabanos», «ibanos» y «venianos»; pero en este artículo, último de 2024, volvió a escribir sobre el tema porque se ha convertido en un vicio casi indesarraigable, muy común en diferentes estratos de la sociedad.

Lo cuestionable es que muchos profesionales, incluidos periodistas, locutores, publicistas y educadores, incurren de manera asombrosa en ese desliz, lo cual denuncia el descuido y aun irresponsabilidad, pues por el rol que desempeñan, deben ser ejemplos del buen decir, toda vez que de lo contrario, habrán «arado en el mar», por muy cultivados que quieran aparentar.

Antes de entrar en materia, agradezco a Dios la bondad de darme conocimientos y sabiduría para mantener este trabajo de divulgación periodística, que muchos lectores lo han asumido como una guía de consulta para disipar sus dudas y resolver asuntos del lenguaje escrito y oral. El agradecimiento es extenso al equipo editor de este importante medio de comunicación, por haberme dado la honrosa oportunidad de formar parte del grupo de autores (colaboradores decimos en mi país).

Ha habido ocasiones en las que he estado ausente por razones ajenas a mi voluntad, y ellos han sabido entender. Les reitero mi gratitud y mi compromiso de seguir aportando elementos para un mejor uso del idioma español. ¡Gracias por el apoyo!

Lo de «vinistes», «comistes», «dijistes», «volvistes»; «estabanos», «ibanos» y «venianos», es un rasgo de vulgarismo muy extendiendo, y es un mal que ha hecho metástasis en muchos estratos de la sociedad de algunas naciones, como en Venezuela, que con la llegada de las denominadas radios comunitarias, el idioma español es maltratado de manera inmisericorde.

Se ha vuelto cotidiano el uso de una «s» final en las formas del pretérito indefinido (o perfecto simple) de segunda persona del singular. Lo lamentable es que el daño ha llegado a la lengua escrita, y en especial, a la prensa, reflejado en los portales digitales, en los que, so pretexto de modernidad, inmediatez y cualquier otra excusa, no le dan importancia al buen uso del lenguaje, contadas excepciones que se distinguen muy fácilmente.

Sin entrar en honduras gramaticales que podrían complicar el asunto, es prudente advertir que no se escribe ni se pronuncia «vinistes», «comistes», «dijistes», «volvistes», sino viniste, comiste, dijiste, volviste. El mismo criterio se aplica a supiste, viste, hiciste, partiste, hablaste, cantaste, seguiste, bailaste y todas las formas verbales con la terminación iste y aste. Así de sencillo.

En cuanto a estabannos, ibannos y venianos, extraigo un fragmento de un artículo de mi autoría, publicado en este medio, el 16 de mayo de 2020: «Se dice que las causas que han dado origen a esa impropiedad, están en la analogía con las formas de imperativo en que el pronombre «nos» aparece (llévenos, díganos, háganos), y por el hecho de que, tanto el imperfecto, como el imperativo, son de acentuación esdrújula». Esa es una de las razones; las otras por ahora no voy a mencionarlas.

De modo pues que, sea cual sea el origen de ese uso inadecuado, es un feo vicio que debe evitar todo aquel que se precie de periodista, locutor, publicista, educador o que ejerza un oficio en el que prevalezca la expresión escrita y oral.

Las formas correctas son: estábamos, íbamos, veníamos, cantábamos, comíamos, bailábamos, estudiábamos, orábamos, etc.

lunes, 23 de diciembre de 2024

¡No te la comas, por favor!

Por David Figueroa 


     En los treinta años que llevo dedicado a este tipo de publicación, que por cierto se cumplieron el pasado 12 de noviembre, he escrito sobre muchas situaciones viciadas que con frecuencia aparecen en los medios de comunicación social y que se han alojado en el común del hablante. . He procurado ser lo más explícito posible, con la finalidad de aclarar dudas y hacer que las personas a las que les apasiona el aspecto gramatical y lingüístico, puedan adquirir soltura en eso de escribir.

     He sido reiterativo al afirmar que para redactar bien no es necesario realizar estudios avanzados en gramática, pues solo con aplicar los conocimientos que se adquieren en las distintas etapas de la educación formal, se puede lograr; Además, es indispensable que se le dé importancia a lo que se escribe, sobre todo si se hace para el público, pues el que escribe con intención de que conozcan su opinión sobre cierto y determinado asunto, su éxito estaría en riesgo si la expresión escrita. está plagada de impropiedades.

      Durante el tiempo que me dedicó a estos menesteres, abordó muchísimos casos, tomados de los medios de comunicación o de peticiones y consultas que regularmente recibía por diferentes vías. Muchos son los que, por mis recomendaciones, especialmente periodistas y educadores, han mejorado considerablemente su forma de escribir y de expresarse por vía oral, y eso lo sé, no porque ellos me lo digan, sino porque los observamos y estoy pendiente de su desempeño. , lo cual a ellos les agrada, ya mí también.

     La gama de impropiedades es amplísima; pero es justo y necesario señalar que a la par de la persistencia en el error, ha ido surgiendo un marcado interés por deshacerse de esos vicios que ajan y envilecen la escritura. He dicho en muchas ocasiones, y eso me y ha concitado muchas opiniones contrarias y con intenciones no muy buenas, que lo lamentable es ver que quienes más incurren en situaciones inadecuadas, son personas a las que sería impensable tacharles una falta de ortografía.

      Los he criticado un tanto fuerte, en aras de recordarles el rol que desempeñan ante la sociedad, para que recuerden que deben ser ejemplos del buen decir; pero no es así. Hay, desde luego, contadas y honrosas excepciones que se distinguen muy fácilmente. Algunos han llegado a pensar que lo mío es algo personal contra ellos, lo cual no es cierto. La finalidad de mis artículos es contribuir para que se disipen sus dudas, y los interesados ​​puedan convertirse en multiplicadores de estos contenidos que podrán serles útiles en su día a día. Algunos lo han entendido de esa manera, y me agrada, pues es una demostración de que mi trabajo no ha sido en vano; pero hay otros que, por terquedad, arrogancia u otra actitud similar, no toleran que “un simple escribidor de artículos” pueda darles una orientación.

     El tema de hoy, aunque con una extensa introducción, es breve; pero no menos importante. En muchas ocasiones lo he tratado, y hoy quiero hacer un breve repaso. Se sabe que la coma es un signo indispensable, pues cuando sea bien utilizado, podrá hallársele sentido a lo que se escribe ya lo que se lee. Su uso requiere cuidado, pues no es un adorno en la escritura; es algo sin lo cual, solo por adivinación podrá ser entendido lo que otros escriban.

     Muchos autores han tratado de simplificar el asunto; pero lejos de aclarar, lo que han hecho es oscurecer. En eso último también es justo y necesario señalar que hay contenidos muy buenos, como el de Sandro Cohen, que en su libro «Redacción sin dolor», hace un compendio con lo que él demostró los diez usos de la coma, que recomiendo ampliamente.

     Pero como este es un vuelo rasante sobre la coma, les mostraré unos casos que tomé de una publicación en una importante red social, que podrán ser muy útiles, sobre todo para aquellas personas en cuya ocupación habitual les es frecuente redactar. Algunos de los ejemplos los modifican para que haya mayor familiaridad con el asunto.

Coma enumerativa: «Compré arroz, espagueti, salsa y queso».

Coma explicativa: «Pedro, el hermano mayor, llegó tarde».

Coma vocativa: «María, ven aquí», «Ven aquí, María».

Coma apositiva: «Carlos Ricardo, su hijo mayor, llegó a la fiesta elegantemente vestido».

Coma hiperbática: «A pesar de sus quebrantos de salud, pudo asistir a la boda de su hija».

Coma conjuntiva: «Hoy me siento mejor, sin embargo, ayer me pasó el día en cama».

     Si se practica con estos tipos de coma, con ejemplos tomados del día a día, con sentido de responsabilidad, podrá haber avances muy significativos en el uso de ese importante signo que, como se dice y yo lo creo, es el más difícil de usar. .


sábado, 7 de diciembre de 2024

Palabras en español

Por

David Figueroa Díaz 


12/07/2024

Los que me conocen y han leído mis artículos, podrán dar fe de que no soy muy dado a utilizar palabras extranjeras, pues prefiero las de mi lengua materna; También podrán afirmar que he sido reiterativo en sostener que mientras existan en el español los vocablos con los que pueda expresar una pasión o una acción, no veo necesario apelar a términos y expresiones provenientes de otros idiomas.

Hay quienes los utilizan con la intención de hacer ver que conocen palabras de otras lenguas, especialmente del inglés, o simplemente porque creen que de esa manera podrán ser considerados como muy cultos.

Una gran cantidad de idiomas, especialmente el español, son producto de un mestizaje, es decir, de un cúmulo de vocablos de otras lenguas que han entrado como préstamos lingüísticos, y que a la larga se vuelven propios.

Esos préstamos han llegado del inglés, francés, árabe, griego, italiano, latín y otros con los ha habido gran familiaridad. Se dice que la influencia más significativa ha sido la del latín, estimada en 75 por ciento de palabras con ese origen; en tanto que ocho por ciento pertenece al árabe, y estudiosos en la materia, como el filólogo Rafael Lapesa, cuantificó cuatro mil arabismos en el español.

Es inevitable, por razones de necesidad expresiva, que se adopten palabras de otros idiomas, lo cual no es cuestionable; pero lo absurdo y aun ridículo es que por mero prurito exhibicionista, se usan palabras extrajeras en sustitución de las legítimas, como ocurre en la actualidad, sobre todo en el ámbito publicitario y en las redes sociales, en donde todo o casi todo es en inglés. , aun habiendo palabras españolas que satisfacen las necesidades de comunicación. Yo uso palabras extranjeras solo cuando no hay un equivalente español.

Reitero que los extranjerismos a veces son necesarios, sobre todo cuando surgen tecnologías y servicios que llegan de otros países en los que se habla un idioma diferente del español, pues a la larga se lexicalizan; pero hay otros que no, como los términos del lenguaje deportivo, especialmente el beisbol, que casi ninguno tiene traducción al español, aunque su nombre, para los que hablan español, pasó de ser béisbol a béisbol (o beisbol). Igual ocurre con el balompié, que del fútbol inglés, ha cambiado a la forma españolizada del fútbol. Se debe tomar en cuenta el nombre en español de ambas disciplinas deportivas, que tienen dos entonaciones válidas: béisbol/beisbol; fútbol/fútbol.

En cuanto al denominado «deporte rey», la entonación llana (fútbol) es de uso mayoritario en España y en muchos países de América de habla hispana; en tanto que en México y en Centroamérica prefieren la entonación aguda (futbol), que no lleva tilde porque, además de que no termina en vocal, su letra final es una consonante diferente de la «n» y de la «s» (ortografía). básico de quinto grado de educación primaria).

Algo parecido ocurre con béisbol y beisbol, pues muchos sabidillos del idioma español aseguran que debe ser béisbol y no beisbol; pero no dan una explicación que le dé validez a su argumento. La arrogancia y la prepotencia con la que pretenden dictar cátedra lingüística no les ha permitido darse cuenta de que tanto para el fútbol o el béisbol, ambas formas son válidas, y podrán ser utilizadas en razón de gusto. Yo prefiero la forma llana (o grave, como también se le llama) para el fútbol y la aguda para el béisbol.

Ocurre algo curioso con el volibol, que aunque también puede escribirse voleibol, algunas personas, sin saber de lo que hablan, aseguran que la forma apropiada es voleibol; pero desconocen que también puede escribirse balonvolea o vóley, que es un acortamiento de la forma inglesa volleyball. La más difundida es voleibol, pues es la que tienen los procesadores de palabras de los ordenadores (computadoras) y teléfonos móviles, y cuando alguien escribe volibol, inmediatamente es cambiada a voleibol.

En ese caso se aplica el mismo criterio de fútbol (futbol) y béisbol (beisbol). Lo importante es tener en cuenta que existen tres formas distintas que son válidas, por lo cual nadie podrá sentir temor al utilizarlas: voleibol, volibol o vóley.

Yo, por las razones que expuse en los párrafos introductorios de este artículo, prefiero volibol, que es la forma que más se adapta al español. No critico a quien no la use ni tampoco quiero imponer esa forma; pero nadie podrá ser cuestionado por utilizar volibol, pues como ha quedado suficientemente claro, es cuestión de gusto, y nada más.


sábado, 30 de noviembre de 2024

Educadores y periodistas

Por

David Figueroa Díaz  


30/11/2024

Es encomiable que los seres humanos se preocupen por aprender algo nuevo cada día, pues eso hace posible que puedan tener éxito en las acciones que emprendan, siempre y cuando se preocupen de verdad por aprender y no para aparecer.

En todos los órdenes de la vida hay personas que han entendido que nunca se termina de aprender y, en tal sentido, están en la búsqueda constante de nuevos conocimientos, que al ponerlos en práctica, logran lo que se proponen; pero hay otros cuya intención es aparecer como grandes poseedores de ciertos y determinados asuntos; pero por lo general no pasan de ser sabihondos, sabidillos, sabelotodo o espontáneos en lo que pretenden dictar cátedra.

Es difícil e incómodo hablar de uno mismo; pero cuando lo hago, recalco que no soy catedrático del idioma español, pues solo soy un aficionado del buen decir, con un manejo relativo del aspecto gramatical y lingüístico; con muchas posibilidades de nutrirme de conocimientos, hoy que soy de los que estamos convencidos de que siempre hay y habrá ocasiones para adquirir nuevos conocimientos.

A veces he sido duro en las críticas, sobre todo en los casos de periodistas y educadores, pues su oficio les impone la obligación moral de tener un nivel de preparación superior al del común de sus semejantes, sin que ello signifique erudición; pero si se llegase a alcanzar ese nivel, sería lo ideal. Basta con darle importancia a la profesión que se ejerce, dado que un educador es un formador, orientador de los procesos de enseñanza y aprendizaje; pero si no es consciente de eso, el alcance de su doctorado laboral sería limitado.

No tengo nada en contra de los educadores, pues en ocasiones me ha tocado ejercer la docencia. Es justo reconocer que hay educadores muy preparados, muy cultos y con una excelente y admirable pedagogía; pero hay otros a los que difícilmente se les pueda incluir en ese selecto grupo, porque su nivel es bajo y no está acorde con la función que les toca cumplir, que es enseñar y formar. Hay educadores que desde que recibieron el título que los acreditados como tales (poco después de la llegada del hombre a la Luna), no se han preocupado por hacer estudios de mejoramiento, y si no mejoran, no podrán tener éxito en su desempeño.

A muchos les podrá parecer una exageración; pero conozco profesores que no saben escribir su nombre, y no es su nombre lo que solo ignoran, sino otros asuntos elementales que se estudian en la primaria, en la secundaria y se repasan en la universidad, como la gramática y la ortografía. Esa deficiencia es la que no les permite distinguir entre esta y está; este y esté, además de que ignoran el uso de los signos de puntuación, que son fundamentales para que lo que se escriba tenga sentido.

Solo por adivinación podrá ser entendido lo que quisieron expresar, y mientras haya educadores con esas falencias, es imposible que los educandos puedan adquirir un manejo relativo de la expresión escrita y la oral.

En el caso de los periodistas la situación es muy parecida, dado que un comunicador social es un educador a distancia. En este aspecto hablo con mayor propiedad por mi condición de comunicador social y con algunos conocimientos de gramática y lingüística, los cuales me permiten hacer observaciones, en función de que los profesionales de esta disciplina hagan buen uso del lenguaje escrito y oral.

Y así como hay docentes con las deficiencias antes nombradas, también hay periodistas, muchos de las antiguas promociones y otros tantos de las nuevas, que no han querido entender que los medios de comunicación social ejercen un inmenso poder inductivo, lo que conlleva implícita la noción. de que todo lo que en ellos se diga o se escriba, mal o bien, tenderá a arraigarse en el vocabulario del común de la gente. Es preferible que esa bondad que ofrecen los medios de difusión masiva no se use de una manera muy libérrima, pues el resultado podría ser igualmente provechoso que dañino.

A todas esas, reitero que mi intención no es ofender ni menospreciar a los docentes ni a mis colegas periodistas. Solo los exhorto a que se convenzan de que, aunque tengan muchos años de experiencia, siempre habrá oportunidad de aprender algo nuevo.

Deben entender que el lenguaje escrito y oral es su herramienta básica de trabajo, y por lo tanto, deben esmerarse para usarlo de la mejor manera. ¡Que no les pase como un profesor de historia que se autodenomina historiador y filósofo; pero tiene una ortografía de un niño de cuarto grado de primaria o quizás más abajo!


sábado, 16 de noviembre de 2024

¡Rubio, el «hispano» del momento!

Por:

La comidilla del momento en muchos estratos del ámbito mundial es, sin dudas, el triunfo de Donald Trump , quien se convertirá en el presidente número 47 de los Estados Unidos de América, aunque desde el punto de vista informativo, ya no es noticia, pues la mayoría de los habitantes de este planeta sabía que eso era un hecho por consumir, y que solo faltaba que llegara el momento, por las razones que muchos saben, y que en este artículo no voy a ventilar, pues aunque periodista, no soy analista. político.

Desde luego, lo dicho no implica que tal acontecimiento no haya sido importante; lo es; pero lo que quiero destacar, es que no se sorprendió a casi nadie, dado que se sabía que de eso no habría vuelta atrás. Muy pocos eran los que afirmaban que Kamala Harris sería la primera presidenta de ese país. ¡Se impuso la tradición!

Desde que arrancó su campaña, Trump se perfilaba como el ganador, salvo en algunos momentos en los que supuestamente la contendora tuvo un significativo repunte, reflejado en resultados emitidos por empresas dedicadas al estudio de la opinión pública, ¡vaya usted a saber con que intención! ! Digo supuestamente, porque los resultados finales demostraron lo contrario.

Desconozco los detalles del sistema electoral de EEUU; pero con lo que permiten mis pocos conocimientos sobre el asunto, el triunfo de Trump fue contundente e inobjetable, al punto de que Kamala Harris no tardó en reconocerlo como el vencedor de la contienda.

Lo cierto es que el triunfador pasará a la historia como el segundo expresidente que regresa a la Casa Blanca, como ocurrió con Grover Cleveland en 1893.

Lo que tampoco ha sorprendido es la designación de Marco Rubio , como secretario de estado, lo cual ha hecho que, en mi opinión, la victoria de Donald Trump haya pasado a un segundo plano en lo mediático. ¡Rubio es la vedette!, y luego de conocerse su designación como el próximo secretario de estado en la nueva gestión de Trump, ha comenzado a ocupar espacios en los medios de comunicación de todo el mundo.

Ahora, me ha llamado la atención el tratamiento que algunos medios de difusión masiva y de gran prestigio, como el New York Times y BBC Mundo, le han dado al tema. Confieso que hasta hace poco creí que el actual senador por el estado de Florida era nativo de Cuba y que había emigrado a los Estados Unidos; pero no, nació en esa nación, y por tanto es ciudadano estadounidense, por lo que llamarlo «hispano», es impropio, de acuerdo con la definición, muy escueta por cierto, que del referido sustantivo aparece en el DLE (Diccionario de la Lengua Española). Los que emigraron a ese país de Norteamérica fueron sus padres.

Debo manifestar que antes de escribir este artículo, elevé la consulta a la Fundéu (Fundación del Español Urgente), y no recibir la respuesta deseada. Palabras más, palabras menos, le pedí que me orientará sobre si era lícito que a un ciudadano, como el caso de Marco Rubio, hijo de emigrantes cubanos, podía llamársele hispano; pero, o no me entendieron o en el peor de los casos, me malinterpretaron. Ante eso, les ratifiqué mi inquietud, y sin hacerse esperar, la referida fundación me envió la respuesta anterior. ¡Y como dijera la doctora Polo: «He dicho, caso cerrado».

En cuanto a Marco Rubio, el tema solo me interesa desde el punto de vista lingüístico, que es lo que manejo con relativa facilidad, y porque muchos medios han difundido lo que originalmente publicaron el New York Times y la BBC Mundo, lo cual en mi opinión y con base en el significado del vocablo «hispano», es un despropósito.

Marco Rubio es estadounidense de origen hispano; pero quizás por ahorrarse palabras o por desconocimiento, los redactores de los medios nombrados, lo llaman hispano. El único que le ha dado el tratamiento adecuado es France 24, que publicó: «El presidente electo Donald Trump eligió al senador republicano Marco Rubio como su secretario de estado. El político nacido en Florida se convierte así en el primero de origen cubano en ocupar el máximo cargo de la diplomacia de la primera potencia». Al ser sus padres cubanos, él tiene ese origen.

No sé si en el caso de Barack Obama , a algún medio o periodista se le haya ocurrido mencionarlo como el primer presidente africano de los Estados Unidos; pero si ocurrió, se aplica el mismo criterio que en el caso de Marco Rubio. Ignoro la disposición constitucional de ese país en cuanto a la nacionalidad; pero si Rubio y Obama nacieron allí, son ciudadanos estadounidenses, de origen hispano y africano, respectivamente. De cualquier modo, hay espacio para el debate sano.

sábado, 9 de noviembre de 2024

¡Unas disculpas, una diatriba y un vaso de agua!

Por:

David Figueroa Díaz 


09/11/2024

«Cada cabeza es un mundo», es una frase muy conocida, que alude a la diversidad de opiniones y a la libertad de expresarlas de cada quien. Eso no es nada cuestionable, pues está consagrado en las cartas magnas de los países democráticos.

Esa multiplicidad de criterios ha dado pie a polémicas que se han mantenido per saecula saeculorum, precisamente porque la intención es imponer criterios particulares, lo cual tampoco tendría nada de malo, siempre que haya un argumento convincente.

A veces esos supuestos argumentos no van más allá de nociones elementales sobre ciertos y determinados temas, dado que la intención es hacer gala de una erudición que no se tiene, propio de personas a las que les gusta hablar de lo que no saben. Yo no hablo de lo que no manejo con facilidad, y cuando alguien me sugiere que me refiera a algo que no conozco muy bien, prefiero admitirlo, para luego indagar y dar una respuesta que satisfaga la inquietud del que la plantea.

En el ámbito del lenguaje y la comunicación existen muchas situaciones que generan controversias innecesarias, toda vez que con la aplicación de un poco de sentido común y un breve análisis, esas polémicas serían disueltas; pero si no leen, no preguntan y no analizan, seguirán siendo los porfiados de siempre, a los que no se les gana una, pues la debilidad de su «argumento», por lo general va aderezada con un tono altanero y autoritario, como para asegurarse el «triunfo».

En muchísimas ocasiones, cuando he dicho que he pedido disculpas, siempre saltan los sabidillos del idioma español y «se dan un gustazo» en corregirme, pues las disculpas no se piden, se dan; pero al sugerirles que por favor me lo expliquen, entonces, se vuelven un arroz con mango, pues solo les gusta encontrar errores en donde no los hay, y hablar de lo que no tienen la mínima noción.

Las disculpas, lo he dicho muchas veces, constituyen un camino de doble circulación, lo que implica que hay dos elementos: uno que las pide y otro que las da. Si alguien me pregunta si las disculpas se piden o se dan, no tengo ningún temor en responder que se piden y se dan, tomando en cuenta la doble vía que menciono en el primer renglón de este párrafo.

Si yo ofendo o le falto el respeto a alguien, lo lógico, lo cortés y lo valiente, es que le pida disculpas; el que deberá dármelas (si es su gusto), es el ofendido. Me parece absurdo que después de haberlo humillado, de haberlo maltratado, me presente con mi cara bien lavada y le diga, por ejemplo: «Te ofrezco una disculpa por el incidente de anoche».

Al decir discúlpame, estoy pidiendo que me quiten la culpa, a juzgar por el prefijo de negación dis, que en ese caso significa quitar. Entonces, ¿de dónde salió eso de que las disculpas solo se dan?

Es posible que algunos se guíen por una frase supuestamente del gran humanista y poeta venezolano Andrés Bello, según la cual, «las disculpas, al igual que los besos, no se piden, se dan». No hay un texto de Bello en el que aparezca la mencionada frase; pero si es de él, intuyo que la usó como un gesto de caballerosidad de alguien que, tras ser ofendido, acude a su ofensor para disculparlo antes de que este se lo pida. ¡Muy pocos son los casos!

En cuanto a la palabra diatriba, que aproximadamente el 95 por ciento de los hablantes en todos los estratos de la sociedad la usa de manera incorrecta, es menester decir que le están atribuyendo un significado que no tiene. Se la confunde con controversia, confrontación, disputa airada, lío, brollo, pelea, camorra, bronca y cualquier otro vocablo que aluda a desencuentro.

Diatriba es, según DLE (Diccionario de la Lengua Española): «Discurso o escrito acre y violento contra alguien o algo». Es sinónimo de invectiva, filípica, libelo, sátira, ataque, brulote.

De lo del vaso de agua he perdido la cuenta de las veces que lo he abordado en este medio y en otros espacios en los que me ha sido necesario hacerlo. Hay quienes se escandalizan cuando alguien pide un vaso de agua, porque lo correcto según ellos, «es un vaso con agua», pues estos no están construidos de agua.

Ese es el argumento más débil y más torpe que puede usarse para cuestionar la validez del vaso de agua, pues si no es usable, tampoco lo sería «una mesa de noche», «una copa de vino», «un ventilador de techo», «una noche de farra» o «un reloj de pared». Ignoran que la preposición de en el caso del vaso, no indica el material en el que está construido, sino la cantidad exacta de agua que cabe en él.

De modo que, es correcta, como también lo es un vaso con agua; solo que el vaso de agua es más adecuada, pues un vaso con agua puede ser desde una gota, hasta la superficie para llenar el vaso. Un vaso de agua es, dicho de otra manera, una medida de cantidad. ¡Así de sencillo!


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