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domingo, 30 de junio de 2024

«¡Mano tengo fe!»

Por

David Figueroa Díaz 


29/06/2024

En Europa la Eurocopa, y en América, la Copa América, dos eventos que en los momentos actuales mantienen cautiva la atención de millones de personas, especialmente de los aficionados al balompié, entre los que cuento y me encuentro.

Es inevitable hablar de ambas competencias, dada su importancia, pues acude, por lo menos en el papel, lo más granado del fútbol del viejo continente y el de esta parte del planeta.

Sobre cuál es más importante, es algo que siempre ha sido tema de controversias y aun de discordias; pero lo que sí es indudable es que la Copa América es el torneo de selecciones más antiguo del mundo.

En esta edición, que se juega en Estados Unidos, a la fecha de hoy, está por concluir la fase de grupos, con la selección Vinotinto clasificada a cuartos de final, aún con un partido por disputar, lo que sin dudas ha sido una excelente participación que inspira a los jugadores, al cuerpo técnico ya a los seguidores.

Pero de fútbol no es de lo que quiero hablarles, sino de una frase que nació en 2020, «cuando la Vinotinto comenzaba su camino clasificatorio para la fase final del Mundial Qatar 2022, y resurgió con mayor fuerza cuando empató a un gol con Brasil en casa de la selección pentacampeona del mundo.

Desde ese entonces se ha convertido en un símbolo de la afición, usado para expresar la confianza en que la Vinotinto se convertirá en una selección mundialista, como lo han estimado muchos entendidos en la materia, que han asegurado que en la fase final del venidero mundial. de fútbol hará el debut. ¡Yo tengo fe!

Es inevitable que en las publicaciones en redes sociales, en tertulias futboleras, en transmisiones televisas y radiales se mencione la frase «Mano tengo fe», que como se dice en la actualidad, se ha vuelto viral.

Para escribir este artículo estuve indagando sobre la célebre expresión, con el deseo de saber si es propia o adoptada y si hay alguien a quien pueda ser atribuida; pero la información que existe es muy escueta. Esto no quiere decir que no haya un autor o autores; pero yo no los encontré.

Ahora, desde el punto de vista lingüístico y gramatical, que es lo que manejo con relativa facilidad y de lo que me atrevo a escribir sin ningún temor, debo decir que se la está usando de una manera incorrecta, inclusive en los medios de comunicación social. , y eso es lamentable, pues no están consustanciados con su obligación de educar, entretener e informar.

Es aceptable que una persona cuyo nivel de preparación sea bajo, la use (la frase) de manera inadecuada; pero que eso ocurra en la televisión, en la radio o en medios digitales, en los que debe tener un nivel de conocimiento superior al del común de los mortales, es lamentable. Muchos podrían preguntar: ¿cuál es el problema? La respuesta es: hace falta la coma del vocativo.

Para que se entienda bien el asunto, es menester que se sepa que el vocativo es la persona o cosa personificada que tiene función apelativa en la oración. Puede estar al principio, en medio de la frase o al final de esta: «Abuela, en un rato salimos a hacer los mandados»; «Hola, Loli, ¡qué bien te ves!»; «Y esto ha sido todo por hoy, chicos». En el primer ejemplo el vocativo es «abuela», en el segundo, «Loli»; y en el tercero, «chicos».

La coma vocativa o del vocativo, como quieran llamarla, es uno de los usos de la coma en los que más se incurre en impropiedad. A diario aparecen en los grupos de WhatsApp, redes sociales y medios digitales frases y expresiones que solo por adivinación podrán ser entendidas, por la ausencia de la coma vocativa.

En el caso de la frase a la que aludió y mencionó en este artículo, no existe el riesgo de que alguien no pueda entenderla, pues es una expresión breve, cargada de optimismo, puesta en boga por alguien que está confiado en que la Vinotinto. , que es el nombre con el que se conoce a la selección de fútbol de mayores de Venezuela, se convierte en mundialista. La aclaración en cuanto al nombre del combinado futbolístico de mi país, la hago por el hecho de que es posible que en otros lugares a los que pudiera llegar esta publicación, no lo sepan.

La manera adecuada de escribir la pegajosa frase es, «Mano, tengo fe», aunque en la forma oral casi no se sienta la pausa que impone la coma. Es un ejemplo para aquellos que tengan interés en familiarizarse con la coma del vocativo y otros usos. ¡Manos a la obra!


domingo, 23 de junio de 2024

¡Que no valga la redundancia!

Por                                


David Figueroa Díaz   

22/06/2024                   

En el tiempo que llevo escribiendo sobre temas de lenguaje escrito y oral (casi treinta años, que se cumplirán el 12 de noviembre de 2024) he mostrado muchas situaciones viciadas, que son frecuentes en los medios de comunicación social y por supuesto en el habla cotidiana. , a la que llegan por el inmenso poder inductivo de estos.

Lo del poder inductivo de los medios se verifica en el hecho de que, todo lo que en ellos se escriba o se exprese oralmente, mal o bien, tenderá a arraigarse en el vocabulario del común del hablante.

Es por eso que ese gran poder no debería usarse de forma muy libérrima, pues podría ser igualmente provechoso que dañino. Es preferible que sea lo primero, en virtud de que se cumpla la misión de los medios de difusión masiva, sobre la base de educar, entretener e informar.

El origen de las impropiedades de lenguaje se halla en la escasa formación en educación básica de las personas cuya ocupación habitual es la radio, la televisión o los medios escritos (físicos y digitales), con contadas y honrosas excepciones que se distinguen muy fácilmente.

Arrastran deficiencias desde la educación primaria, que por descubierto no fueron superadas y forman parte de su día a día. Lo lamentable y cuestionable es que son esas personas las que más figuran, pues ocupan los espacios estelares, sin que existe la forma de que puedan mejorar.

Durante este largo peregrinaje por los caminos del lenguaje escrito y oral he mostrado muchos casos de usos inadecuados, para lo cual me he valido de ejemplos sencillos, modificados y adaptados a la realidad actual, aunque a veces los he usado de forma textual, lo cual , como es obvio siempre aparecen entre comillas.

Muy pocas han sido las veces que he hablado de la redundancia, y cuando lo he hecho, ha sido de forma muy volandera. En esta ocasión trataré de aportar más elementos, con el deseo de que las dudas que aún puedan quedar, sean disipadas.

Hace pocos días mi amigo Rafael Ángel Parra, que es quien revisa y corrige este material de divulgación antes de que periodistas-es.com lo difunda, me mostró un cuadro en digital con frases redundantes frecuentes, que conviene conocer en función de evadirlas.

Es necesario que se sepa que hay redundancia consciente y redundancia inconsciente. La primera es la que se hace adrede, quizás con la intención de darle fuerza a la expresión, para lo cual muchos apelan a la frase «Valga la redundancia», utilizada para advertir que el uso es ex profeso, aunque muchas veces no hay tal redundancia, sino deseos de adornar la prosa. La otra, por supuesto, ocurre sin que el que escribe o el que capaz lo sepa.

Entre las frases redundantes mostradas por mi amigo Rafa, «están cadáver sin vida», «embajada extranjera», «veredicto final», «mi opinión personal», «gritar alto», «llenar por completo», «hija mujer», « repetir otra vez», «lapso de tiempo», «hace un tiempo atrás», «conclusiones finales», «acceso de entrada» y «par de gemelos», entre otras. Todas o casi todas no necesitan explicación; pero en la lista también están «barrer con la escoba» y «palo de madera».

Por lo general se barre con la escoba; pero en Venezuela y tal vez en otra nación de habla hispana existe el cepillo, llamado así para diferenciarlo de la escoba tradicional. No solo, en ese sentido, también se puede barrer sin escoba y sin cepillo.

Son diferentes en muchos aspectos, dado que en la escoba lo que barre es de fibra; en tanto que en el cepillo es de un material sintético, y además es rectangular ya veces curvado; mientras que la escoba tiene formas variadas que no sé definir. Lo cierto es que en muchas regiones de mi país un cepillo es una cosa; y una escoba, otra.

En cuanto a «palo de madera» no hay redundancia, pues no solo puede ser de madera, sino de hierro u otro material, como lo confirma el hecho de que en el fútbol, ​​a los componentes de la portería, meta o arquería, como quiera llamársele, se les nombra palos (el horizontal o larguero y los verticales). También a las astas de bandera ya los verticales que sostienen las velas de las embarcaciones de esa modalidad, aun cuando no fuesen de madera, se les llama palos. Lo de palo no es por el material en que están construidos, sino por su forma.

De modo pues que, es preferible que la redundancia no valga.

sábado, 15 de junio de 2024

Conversatorios y talleres sobre el lenguaje

 

Conversatorios y talleres sobre el lenguaje

 

La semana pasada les hablé del creciente


interés de muchas personas, en querer contribuir para que otras puedan deslastrarse de esos vicios de lenguaje que se han sembrado, tanto en los medios de comunicación, como en el habla cotidiana. De ahí que sea frecuente la aparición de contenidos cuya finalidad es mostrar formas con las que es posible hacer que desaparezcan situaciones que se han tornado casi indesarraigables.

Por otro lado está la promoción y celebración de encuentros que, de acuerdo con el criterio de quienes los desarrollan, reciben diferentes nombres; pero la finalidad es la misma (conversatorios, talleres, charlas, conferencias, simposios, etc.) Ante eso, sin pretender desmerecer la calidad de las enseñanzas que pudieran impartirse, siempre he advertido que es necesario tener cuidado, pues en ese aspecto (o sea, el lingüístico) existen muchas personas que se atreven a enseñar algo que ellas no manejan con facilidad, y en lugar de aclarar, oscurecen.

Tengo por costumbre no hablar de lo que no conozco, y cuando alguien me pide que le aclare dudas y no tengo la respuesta inmediata y correcta, prefiero admitir desconocimiento, para luego indagar y satisfacer la petición. Eso me permite mostrar que, aunque tengo facilidad para manejarme en estos menesteres, no soy infalible. Siempre he dicho que no soy ni pretendo ser catedrático del idioma español, toda vez que solo soy un aficionado del buen decir; eso para mí es suficiente.

La semana pasada estuve en San Carlos, capital del estado Cojedes, en atención a una invitación del Colegio Nacional de Periodistas y del Círculo Especializado de Periodismo Deportivo de esa entidad venezolana, para dirigir un conversatorio sobre la jerga deportiva y dictar un taller sobre las impropiedades más comunes en los medios de comunicación social.

En el conversatorio (viernes 7 de junio), al que como era de esperarse acudieron narradores, comentaristas y conductores de espacios radiales, tuve ocasión de expresar mi opinión acerca de las causas de los vicios, al tiempo que aporté algunos elementos con los que es posible deshacerse de ellos.

Por otro lado, al día siguiente (sábado 8) tuvo lugar el taller «Vicios en la redacción y cómo eliminarlos», al que acudió una notable cantidad de periodistas y estudiantes de Comunicación Social, interesados en mejorar su expresión escrita y oral. Agradezco la intención del gremio periodístico por la gentil invitación (a Pilar, Héctor y Franklin). También pondero la generosidad de los que participaron, quienes con sus inquietudes hicieron del taller un momento grato, productivo y muy provechoso, tanto para ellos, como para mí.

Hicimos un breve repaso sobre los elementos de una nota de prensa (antetítulo, título, sumario y fotoleyenda), para luego hablar de las palabras por la índole de la entonación, signos de puntuación, especialmente la coma; del verbo en gerundio mal utilizado. Analizamos algunas palabras y expresiones que a mi juicio, son las que más se utilizan de forma inadecuada, de las que hoy mostraré algunas, con el deseo de que las dudas que hayan quedado puedan desaparecer.

Entre esas está «pasó desapercibido», de la que muchas personas no se han percatado de que cuando algo es ignorado, con intención o sin ella, se debe decir «pasó inadvertido», pues desapercibido es otra cosa. Estar desapercibido es no estar apercibido, es decir, no estar preparado para algo.

De «yo soy de los que pienso…», que se ha convertido en un mal que ha hecho metástasis en muchas áreas del saber. Lo correcto es emplear el verbo en tercera persona del plural: piensan, creen, dicen, opinan. Esto es así porque la concordancia estricta debe establecerse con el sujeto gramatical: los/las que, no con el sujeto del verbo ser: yo/tú/ellos.

En el ámbito deportivo hablamos de la «mínima diferencia» e hice hincapié en que es una impropiedad que todo el que se precie de narrador o comentarista debe evitar, pues la mínima diferencia se da en muchos casos: entre 1 y 0; pero también entre 2 y 3, entre 11 y 12, entre 79 y 80, etc. La expresión correcta es por la mínima anotación, ¡y no hay más!

Les mostré algunos usos de «a», que es una preposición con múltiples aplicaciones: «Voy ver una película», «Este perfume huele a miel», «Me encanta montar a caballo», etc. También el de «ha», que se emplea para formar la tercera persona del singular del pretérito perfecto: «Él ha ido a la boda», «Mi prima ha aprobado todo», «Jorge ha aprendido la lección», etc.

Sin dudas que el «encuentro de San Carlos» sirvió para que muchos periodistas y estudiantes de Comunicación Social pudieran adquirir madurez para escribir bien y hablar de mejor manera, además de que puedan convertirse en multiplicadores de lo que aprendieron; ese es mi más ferviente deseo.

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sábado, 8 de junio de 2024

¡La cosa no es tan difícil, inténtenlo!

Por:

David Figueroa Díaz    


06/08/2024

Siempre he dicho que la gama de impropiedades lingüísticas es amplísima, y ​​existen algunas que pareciera no tener solución; pero también he dicho que existen muchas que podrían disiparse si se les prestara la debida atención, lo que implica que las personas, independientemente de su ocupación habitual, valoren la importancia de escribir bien y hablar de mejor manera. Para llegar a ese nivel, solo basta con aplicar las enseñanzas de la educación primaria, de la secundaria y de la u Madrid, sede de la Real Academia Española.

En reiteradas ocasiones, y quizás con cierta ironía, pero sin mala intención, dijo que para hablar y escribir medianamente aceptable no es necesario ser miembro de la Real Academia Española. Ese criterio me ha válido la etiqueta de «antiacademisista», lo cual no es cierto. Diferenciado de algunas decisiones relativamente nuevas, que la docta institución ha tomado en cuanto a la incorporación de palabras ya la definición de esas.

Mantengo mi posición en cuanto a que la RAE no es un tribunal para admitir o rechazar el uso de cierta y determinada palabra, pues su función, en ese caso, es meramente de registro. Hay modismos que a lo mejor nunca entrarán al registro léxico; pero eso no implica que no puedan usarse, por la razón que les esgrimí en los primeros renglones de este párrafo.

Es frecuente oír al común de las personas decir que «la Real Academia Española aceptó un grupo de palabras que ya podrán utilizarse normalmente». Sería interesante saber qué significa para esas personas, en ese ámbito, «utilizar normalmente».

Seguro se imaginan que los catedráticos de la RAE y los de las academias correspondientes de esta, se reúnen en un salón parecido al utilizado para elegir al papa, y que al término de la jornada de invención, un catedrático escogido por consenso, le anuncia al mundo hispano: «Habemus palabras». Ignoran que el verdadero inventor de palabras es el pueblo hablante, que las crea por necesidad expresiva.

Lo lamentable es que quienes se expresan de esa manera, son personas con un nivel de preparación suficiente como para saber que esa no es la función de esa prestigiosa institución, cuya esencia es limpiar, fijar y dar esplendor a la palabra, con base en el eslogan que la define.

Paralela a la resistencia en impropiedades lingüísticas, cada día hay más creciente interés de muchas personas por deshacerse de los vicios y situaciones que ajan y envilecen la escritura y la expresión oral. Es por eso que de manera muy frecuente aparecen en las redes sociales contenidos con aportes para que los interesados ​​puedan disipar sus dudas y adquirir soltura en eso de escribir bien y hablar de mejor manera. Ese deberá ser el objetivo de todo aquel que escriba con la finalidad de ser entendido.

Y así como muchos saben que antes de «p» y «b» se escribe «m» y jamás se les olvidará, también deberían preocuparse por adquirir destreza para distinguir las palabras por la índole de la entonación y por usar bien los signos de puntuación. . De esa forma no habría tantas situaciones viciadas. Eso es elemental, y es lo que permite iniciar el buen camino hacia la obtención de una escritura y una expresión oral comprensible y agradable. Lo demás llegaría por añadidura.

Con razón o sin ella me han criticado por el hecho de que de manera muy frecuente aludo a periodistas y educadores, y que supuestamente, en más de una ocasión me he ensañado contra ellos. Eso tampoco es cierto, dado que mi intención es hacerles entender que, por el rol que desempeñan ante la sociedad, están obligados moral y legalmente a ser ejemplos del buen decir. Admito que a veces he sido un tanto duro en el cuestionamiento; pero la intención, por muy subida de tono que pudiera estar, es sana.

Algunas personas se han escandalizado porque he dicho de manera pública y privada, que un comunicador social o un docente, no debería tener errores en la escritura ni en la expresión oral, pues de lo contrario sería interesante saber cómo hizo para obtener el título, aunque Eso último no es difícil saberlo.

Mientras no valoren la importancia de su profesión, no dejarán de existir los periodistas y educadores que no sabrán distinguir entre este y esté; Seguirán utilizando palabras con significado diferente del que registran los diccionarios, y continuarán incurriendo en impropiedades elementales. Es por eso que, se los aseguro, la cosa no es tan difícil 




domingo, 26 de mayo de 2024

¡Señores periodistas, las noticias no ocurren!

Por 

David Figueroa Díaz 


25/05/2024

Cada profesión u oficio tiene un conjunto de palabras que permiten la comunicación que solo es compartida por los que lo desempeñan, lo cual no tiene nada de cuestionable. Es a lo que se denomina jerga, que no es otra cosa que una forma de habla utilizada por grupos delimitados de la sociedad: estudiantes, militares, médicos, abogados, comerciantes, ingenieros, educadores, periodistas, etc.

Eso, de buenas a primeras, no tendría nada de malo, pues es un recurso lingüístico con el que los que ejercen cierta y determinada profesión podrán comunicarse de manera eficaz entre ellos. Por otro lado, les permite hablar sin el riesgo de que lo que ellos expresen no sea entendido por el común de los hablantes, si esa fuese la intención.

Lo cuestionable sería que, por vanidad, frivolidad, altivez u otra actitud, cualquier profesional pretenda que alguien que no sea de su gremio, capte sin ninguna dificultad.

En el caso de los médicos de hoy sucede casi a diario, cuando les toca escribir indicaciones o récipes. Apelan a términos y expresiones que son propios de su profesión, y que por tal motivo, nadie que no sea médico podrá saber de qué se trata. Así sucede en otras áreas, pues al parecer la intención es demostrar que ellos sí manejan con gran facilidad la terminología de su profesión. ¡No debe ser así!

En el periodismo, que es la profesión que ejerzo, también existe una jerga, con términos propios, surgidos del día a día, y otros adoptados, como el caso de plantón, que proviene de la jerga militar. Sobre esto del conjunto de palabras y expresiones periodísticas no voy a ahondar, dado que, por lo menos en Venezuela, cualquier diarista las conoce. Solo hablé de ello a manera introductoria.

En lo que sí voy a insistir es en señalar una mala costumbre que se ha arraigado en el vocabulario de redactores, reporteros y demás integrantes de la tribus periodística, sin que nadie se haya tomado la bondad de hacerles la observación. Trataré de ser lo más explícito posible, con el deseo de que los que asimilen la enseñanza, puedan convertirse en multiplicadores, para que esa impropiedad desaparezca. ¡Créanme que no es difícil!

Les aclaro (por si acaso) que la palabra tribus no la he empleado con intención peyorativa, sino en alusión a grupo social, que es lo que conforman los que desempeñan el noble oficio del periodismo.

No sé si en otros países de habla hispana ocurra algo similar; pero en Venezuela sucede a diario. Basta con encender la televisión para oír que los denominados anclas de los espacios informativos, al presentar los títulos de notas que serán leídas, utilizan expresiones como por ejemplo: «Les presentaremos las noticias ocurridas durante las más recientes veinticuatro horas». Cualquier persona podría preguntar qué tiene de malo esa frase.

Desde el punto de vista gramatical, la frase mostrada no tiene nada de cuestionable; pero en lo semántico hay algo que todo aquel que se precie de ser periodista debe tomar en cuenta para evitar esa impropiedad. ¿Por qué? ¡Porque las noticias no ocurren; ocurren los hechos que pudieran generar noticia!

Y digo pudieran, porque no toda información, en el ámbito periodístico, es noticia. Aquí entra en juego el hecho de que «si un perro muerde a un humano, a no ser que sea una celebridad, eso no sería noticia. La noticia sería que ese humano mordiera al perro», y eso casi nunca se ve, por lo menos en la vida real.

En el periodismo, sea cual fuere el área, existe una considerable cantidad de vicios, que conviene conocer para que los comunicadores sociales puedan evitarlos. De muchos de ellos he habado en este trabajo de divulgación periodística, y para mi satisfacción, muchos redactores han disipado sus dudas y se han deslastrado de ellos. Hablo de mi satisfacción, dado que eso es una demostración de que esta dedicación no ha sido en vano.

El de hoy es un artículo corto, sencillo, que no da para más. Y pretender alargarlo no sería lo prudente, pues se corre el riesgo de redundar, de crear confusión, y esa no es mi intención.

Espero que esta entrega surta los frutos deseados.


domingo, 19 de mayo de 2024

¡Ojalá que no «haiga» problemas!

Por

David Figueroa Díaz 


18/05/2024

He sido un crítico de aquellas personas que se dedican a hablar de lo que no saben, que lo hacen por el simple hecho de aparente erudición, una erudición de la que están muy distantes. Ese comportamiento tiene sus riesgos, pues cualquier individuo con modestos conocimientos puede hacer quedar a aquellos que se recrean en la fantasía de ser grandes maestros, que por lo general siempre andan buscando fallas en donde no las hay.

En el ámbito del lenguaje escrito y oral abundan los sabidillos (y sabidillas, también), que se arrogan la autoridad de cuestionar todo aquello que no les parece. Lo risible de eso es que no leen antes de criticar, por lo que nunca tienen éxito en su propósito.

He perdido la cuenta de las que, sin que hayan leído lo que he escrito, algunas personas me han hecho observaciones de forma directa e indirecta, y hasta se han horrorizado, pues «cómo es posible que una persona que se dedique a hablar de correcciones e incorrecciones lingüísticas, incurra en errores elementales». Lo curioso es que los equivocados han sido los que han pretendido dictarme cátedra». ¿Por qué? ¡Porque no leen!

Muchas veces expresó y lo sostengo: no soy catedrático ni pretendo serlo; pero por amor propio he dicho que los casi treinta años durante los que me dedicó a escribir sobre las impropiedades en el uso del idioma español, me han deparado solvencia y solidez para escribir medianamente aceptable; y además, para orientar a otros a disipar sus dudas. Para escribir bien y hablar de mejor manera, no es necesario ser miembro de la Real Academia Española. ¡Eso deben tenerlo muy claro!

Hace poco fue publicado un texto, supuestamente de la autoría de Daniel Escorza Rodríguez, investigador y académico del INAH, México. Digo supuestamente, porque en estos menesteres, aparte de los sabidillos, están los «especialistas» en atribuirse lo que es de otros. No digo que ese sea el caso, aunque para los efectos de este artículo, lo del autor es irrelevante.

Lo que me inquieta es el contenido y el efecto que ha causado, dado que muchos lo han tomado como patente de corso para legitimar el uso de algunas palabras que son comunes en personas de un bajo nivel de preparación. Para los que no lo saben, INAH es el acrónimo del Instituto Nacional de Antropología e Historia, que «investiga, conserva y difunde el patrimonio arqueológico, antropológico, histórico y paleontológico de la nación (México), con el fin de fortalecer la identidad y memoria de la sociedad que lo detenta». Aclaro que el entrecomillado es mío, y lo usé para indicar que es una anotación textual, con lo cual se verifica uno de los dos usos fundamentales de las comillas. Los paréntesis también son míos.

Según el texto citado, las palabras «haiga», «vistes», «naiden», etc., no se deben tachar como errores gramaticales, dado que «son simplemente formas de hablar que vienen de muy antiguo, y por lo tanto, quienes aprendieron a usarlas, fue porque se originaron en poblaciones donde alguna vez así se habló; era un español antiguo». Eso es cierto ya la vez no lo es; les daré el porqué, y como recomienda semanalmente en su columna el colega y compatriota venezolano Grossman Parra Pinto: «…sigan leyendo».

El hecho de que esas palabras provengan de un español antiguo, es una muestra de que el idioma español evoluciona constantemente; pero no es un aval para que personas con un alto nivel de preparación y con un rol preponderante en la sociedad en la que se desempeñan (comunicadores sociales, educadores y otros profesionales), las usen actualmente.

Dudo que el uso actual de las palabras mencionadas sea consciente. Sería aceptable que el que las use, lo haga con la intención de causar un efecto; pero si ese no es el caso, entonces es una muestra de descuido, de desconocimiento y de cualquier otro aspecto que deja mucho de qué hablar, sobre todo si el autor es alguien que por lo menos culminó sus estudios de educación primaria.

Nadie podrá prohibir que se diga «haiga», «vistes», «naiden»; pero hay espacios y momentos para hacerlo. Se dice que el ilustrador venezolano Andrés Bello escribía «jente» en lugar de gente, y lo hacía a manera de chanza en comunicaciones personales. Me imagino que él estaba seguro de que al hacerlo de manera pública, generaría confusión, y lo que es peor: dudas sobre su erudición, de lo cual nadie en su sano juicio podrá tener un ápice.

sábado, 11 de mayo de 2024

¡Hasta cuándo habrá comicios electorales!

 

Por:

David Figueroa Díaz  


11/05/2024

Nadie está exento de incurrir en impropiedades, máxime si esas ocurren a la hora de escribir o de hablar. Por más cuidado que pueda tenerse, siempre habrá cosas indeseadas. Unas son producto del descuido y otras del desconocimiento; pero a fin de cuentas deben evitarse. No tendría sentido una publicación con la que se pretenda aclarar dudas, si las dudas son de quien pretende enseñar.

En ese aspecto es recomendable tener mucho cuidado, pues abundan los «espontáneos del lenguaje» a los que les gusta hablar de lo que no saben, y por lo general, lejos de aclarar, lo que hacen es confundir a los que desean adquirir soltura en la redacción de textos, que dicho sea de paso, día a día aumentan. Hay personas que, aun cuando manejan el asunto con relativa facilidad, su criterio es excesivamente purista, lo cual los convierte en «cazadores de gazapos» y por lo general nunca «atrapan la presa».

No me creo dueño de la verdad; pero los años que llevo en estos menesteres me han permitido forjarme un amplio criterio, sin pretensiones de catedrático, pues solo soy un aficionado del buen decir, que también incurre en errores. El purismo no es malo; pero todo en exceso puede causar daño.

Entre las impropiedades que pueden ocurrir por descuido están la omisión de partes de la oración, como el artículo, las preposiciones, las conjunciones y otros elementos sin los cuales la escritura no tendría sentido, que solo por adivinación un lector cuidadoso podría entender. En esa gama está también la repetición de palabras.

Admito que muy a menudo incurro en ambas situaciones, pues por lo general escribo bajo la presión de que en cualquier momento pueda producirse una interrupción en el fluido eléctrico, y el tiempo del que dispongo para revisar es relativamente corto. Los que conocen la situación de Venezuela saben que el servicio eléctrico está cada día peor.

Cuento con la colaboración de mi amigo Rafael Ángel Parra, quien además de articulista de varios portales digitales, maneja con relativa facilidad el tema gramatical y lingüístico, y tiene la paciencia y la sapiencia suficientes para captar cualquier gazapo. No significa que no pueda escapársele alguno; pero la posibilidad es muy poca.

De lo que sí estoy seguro, es de que en este trabajo de divulgación periodística difícilmente aparezca un error ortográfico u otra situación que pueda atribuirse a desconocimiento. No lo digo por vanidad ni porque me crea infalible, sino porque no acostumbro hablar de lo que no sé. Cuando no estoy seguro del significado de una palabra o no sé cómo se escribe, apelo al diccionario. O en el mejor de los casos, la sustituyo por un sinónimo.

En cuanto a las palabras con igual significado, se debe tener en cuenta que la sinonimia de las lenguas no es perfecta, lo cual conlleva la particularidad de que dos palabras parecidas no deban emplearse en el mismo contexto, como iniciar y comenzar, que de buenas a primeras son la misma cosa; pero no se construyen de igual manera. He ahí la diferencia: una diferencia que muy pocos comunicadores sociales, educadores y otros profesionales cuya herramienta básica de trabajo es la redacción, lamentablemente no han podido encontrarla. Por eso ahora nadie comienza, pues prefieren iniciar. «Así son las cosas», solía decir el periodista venezolano (+) Oscar Yánez.

Y si de descuido y desconocimiento se trata, el domingo 5 de los corrientes, mientras esperaba para ver por televisión un partido del actual torneo de la primera división del balompié rentado venezolano en su etapa semifinal, me dediqué a seguir, también por televisión, el desarrollo de las elecciones de Panamá, y pude darme de cuenta de las similitudes y las diferencias en relación con Venezuela.

Son muchas las diferencias del proceso eleccionario de ese país que, como se sabe, es pequeño, tiene pocos habitantes y por ende menos votantes, amén de otros rasgos que en ese sentido no permiten que se parezca a otro de los de esta parte del mundo, por muchísimas más razones.

Me fijé detenidamente en las palabras y expresiones de los reporteros destacados en las provincias que componen el país del istmo. Pude notar que también allá, de acuerdo con lo que vi, algunos periodistas no se han percatado de que la frase «comicios electorales» es inadecuada, dado que todo comicio es electoral.

No sé si en otros países de habla hispana ocurra lo mismo; pero no tengo dudas de que la frase en cuestión es un mal que ha hecho metástasis en otras áreas. ¡Es lamentable que eso ocurra en momentos en los que existe un marcado interés por mejorar la expresión escrita y oral.


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