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domingo, 14 de julio de 2019

¡ES MEJOR NO PONERSE BRAVO!


A las personas que suelen señalar incorrecciones ortográficas, entre las que me cuento, con razón o sin ella, por lo general se las tilda de arrogantes, pedantes, prepotentes, o se les aplica cualquier calificativo de forma peyorativa, para tratar de desmerecer la intención de procurar un mejor uso del lenguaje oral y escrito. Hoy día se habla de “síndrome de pedantería gramatical”, para definir la conducta de quienes de manera frecuente les inquieta el uso inadecuado de palabras y expresiones.
No soy siquiatra ni sicólogo para cuestionar el rigor científico que pudiera tener el nombrado síndrome; pero en mi caso y en el de muchos, la cosa no llega a ser un “trastorno obsesivo compulsivo en el que los individuos sienten la necesidad de corregir cualquier error gramatical”, sino una obligación moral que debe tener todo aquel que se precie de comunicador social, de educador  y de profesional cuya herramienta básica de trabajo sea la redacción de textos. ¡Así de sencillo!
Corregir a alguien público pudiera considerarse una imprudencia que puede causar muchos sinsabores al que corrige y al corregido, dependiendo de la forma en que se haga. Por eso, algunos recomiendan que las correcciones se hagan en privado, y que los elogios se hagan en público. Estoy de acuerdo con esa advertencia; pero a veces es imperiosamente necesario hacerlo al descubierto, sobre todo en personas que por su formación académica y capacidad intelectual están llamadas a ser ejemplos del buen decir y mejor escribir.
Cuando me ha tocado hacer observaciones públicas sobre impropiedades lingüísticas, he tratado de ser lo más respetuoso posible. Unos las aceptan gustosamente y hasta las agradecen; pero hay otros que se ofenden, pues estiman que un simple periodista radicado en un remoto pueblo rural no es la persona indicada para enmendarles la plana.
Hace poco sostuve una polémica por mensajes en un grupo de WhatsApp con uno de esos personajes que quieren opinar en todo, pero no cuidan el lenguaje que emplean, y más aun, hablan de lo que no saben. El aludido, en un mensaje plagado de adulación y de errores ortográficos, escribió consejales en lugar de concejales. No le gustó que le hubiera señalado el error, y acto seguido me soltó una ráfaga de insultos minados de incoherencias, que lo denuncian como un ignorante que, ante su imposibilidad de esgrimir un argumento medianamente aceptable, apela a la agresión verbal. ¡Entonces! ¿Quién es el arrogante, quién es el prepotente?
Mi inquietud sobre concejo y consejo me llevó hace varios años a consultarlo a la Real Academia Española, dado que muchas personas, por mi condición de columnista sobre asuntos lingüísticos, me planteaban la inquietud de manera muy frecuente.
Según la docta institución, el origen es histórico, anclado en la Reconquista, “período en la historia de la península ibérica, de aproximadamente 780 años entre la conquista omeya de Hispania en 711 y la caída del Reino nazarí de Granada ante los reinos cristianos en expansión en 1491”; pero eso es harina de otro costal.
Aclaro que la consulta a la Academia no fue ni es algo extraordinario, ni lo digo por echonería, toda vez que el común de los mortales, si sabe manejar un ordenador (computador) y está familiarizado con la Internet, puede hacerlo y disipar sus dudas. Les recomiendo, sobre todo a los que redactan, que lo tomen como hábito. Ahora, si la respuesta a su inquietud está en el material bibliográfico de la Rae, simplemente no le responden, menos aun si no está bien formulada, o por lo menos clara.
Por ahora debemos conformarnos con que, cuando se trata del municipal, se escribe concejo y no consejo, así también concejales. Eso no es difícil entenderlo, pues solo basta un poquito de atención.
A todas esas, en mi condición de periodista y aficionado del buen decir, ratifico mi obligación de señalar las impropiedades y mostrar las formas adecuadas, en función de procurar un mejor uso del lenguaje, sobre todo el de los medios de comunicación, que con contadas y honrosas excepciones que se distinguen muy fácilmente, se han convertido en una inmensa fuente de errores. Si cada periodista, cada locutor o cada educador sopesara la importancia de hablar y escribir con propiedad, no habría tantos disparateros

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